20110326

Capítulo 1 - Una infancia feliz en un Buenos Aires que no existe más


Esta es una historia de la vida real, que desde el punto de vista humano, sucedió a partir de situaciones adversas e impredecibles.

Yo nací en 1958 en el Hospital Alemán en Pueyrredón y Juncal, Buenos Aires, Argentina.
Esto significa que pertenezco a una generación de argentinos que fue fuertemente castigada.
Yo hago parte de una nación que era para ser muy diferente de la que acabó siendo. Yo soy uno de los pocos sobrevivientes de la llamada "guerra sucia", que nunca fue una guerra civil, aunque halla matado casi una generación entera.

En 1958 Argentina tenía un sistema de salud pública universal y gratuito subvencionado por los cofres públicos. La Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires fue inaugurada en 1821. La práctica de la medicina en Argentina es internacionalmente reconocida, y su calidad académica atrajo muchos estudiantes de toda Latino-américa.
El Hospital Alemán era una opción de medicina privada adonde acudían los más favorecidos.

Las memorias subjetivas de mi infancia tienen imágenes, sonidos, sentimientos, estados de ánimo, olores y sabores.
No hay como comprarlas ni venderlas, porque su precio es incalculable. Puedo acceder a ellas apenas oyendo canciones, oliendo un perfume o saboreando un alimento.

Basta yo estar tecleando en la computadora, ponerme los auriculares y escuchar músicas italianas del Festival de San Remo en el Media Player, entonces viajo 45 anos atrás y me veo sentado en el living del departamento de mis padres.

Veo sofás de cuero pintados de dorado envejecido, de formas cuadradas, con almohadas de terciopelo marrón chocolate. Veo un cuadro pintado al oleo, estilo impresionista, en blanco y negro, de una calle de París.

La televisión Motorola revestida en madera caoba, la pantalla verde por ahora está apagada, y cuando esté encendida, emitirá imágenes en blanco y negro.

El tocadiscos y radio, llamado combinado, es un equipo estereofónico con apariencia de mueble aparador de madera y tiene un logotipo metálico escrito “Ken Brown”. Está tocando un long play de 33 ½ rpm del Festival de San Remo de 1964.
Suenan las voces de Wilma Goich, Ornella Vanoni, Bobby Solo y otros grandes cantantes de aquella época.

Mamá está elegante, luciendo un vestido con estampas estilo moderno pop, sus cabellos cabellos dorados a la Doris Day, perfumada , usa una medalla grande de oro pendiente de una gruesa corriente de oro. Asi es que ella aguarda la llegada de mi padre.
Al rededor de las 6 de la tarde, él entra por la puerta del living, vistiendo un traje de alpaca inglesa gris, y puedo ver el monograma “FT”en la camisa celeste. La corbata azul de seda italiana tiene estampada suaves rayas grises y negras. En la mano izquierda usa un reloj cuadrado de oro con malla de cuero negro, marca Girard Perregaux. Papá todavía exala el aroma del Old Spice, su perfume favorito y la única marca norteamericana en su vestimenta de estilo europeo.

El Fiat 1500 blanco de papá siempre quedaba estacionado en la calle sin peligro de ser robado.
La policía hacía muy bien su trabajo en aquella época, y las calles eran tranquilas.
Después de besarnos, papá reparte bombones Cabsha para mis hermanos y para mi.
Cuando el compraba sus cigarrillos “Embajadores Negros sin filtro”, pedía el cambio en bombones de chocolate para nosotros diciéndole al quiosquero: “Es para los pibes”.

Cerca de las nueve de la noche mamá sirve la cena. El estereofónico es silenciado para ver en la televisión el “Reporter Esso”. Debemos comer en silencio, mientras nuestros padres prestan atención a las noticias sobre el presidente Ongania, los estudiantes haciendo lío, los americanos haciendo guerra, el Papa viajando, Los Beatles causando histeria, River y de Boca y el dólar que no para de subir .
La rutina de la semana era interrumpida a los domingos, cuando el genial Tato Bores hace reír mucho a mis padres, nosotros no entendemos porque se ríen, pero si ellos ríen, el mundo está perfecto.
Después del postre, los chicos salimos de la mesa y vamos a ponernos el piyama, rezongando porque no queremos ir a dormir.
Mis padres ven el programa musical da la RAI en el canal 9...¿Era el 9?.
Éramos una típica familia descendiente de italianos, de la clase media porteña, que vivía en el barrio de Palermo, en la italiana Buenos Aires, capital federal de la República Argentina.

De repente alguien me llama por el Messenger y despierto en los Estados Unidos, 45 años después, rodeado de Yónis y Méris, competición, crisis, bolsa de valores, gerentes y directores, terrorismo, gente rubia de fríos ojos azules, sin charme, sin elegancia, que ni imaginan que existan otros mundos diferentes de este.

No hay más RAI, ni festivales de San Remo como aquellos, al menos para este lugar del mundo.
Hay MTV, Grammy, iPod...todo “globalizado”...como dice mi amigo Meinhardt: “sociedad pasteurizada”.

Si, es un globo soso, digital, de genes manipulados, casi aburrido, predecible y lo que es peor, nada italiano.

Las memorias objetivas de mi infancia tienen lugares concretos, marcas y costaron mucho dinero a mi padre.

Mi padre se llamaba Francisco Trimboli. Él era graduado en Química por el colegio Otto Krause y estudió en la Universidad de La Plata, pero su verdadera vocación era la de empredor.
Fué así que siendo joven, se tornó propietario de un famoso night club llamado “Tom y Jerry” en el partido de Vicente López, Buenos Aires.

Los próximos parágrafos de este capítulo tal vez apenas sean interesantes para los lectores de Buenos Aires. Pido disculpas a los que no se interesen por estos detalles, pero si tiene la paciencia de leerlos, entenderá porqué Buenos Aires fue considerada la metrópolis mas europea de Latino-américa y porqué también el motivo por el que la Buenos Aires era considerada un lugar extraordinario para el turismo y la diversión, además de su calidad de vida, si comparada a otras ciudades Latino-americanas de entonces.

En los años 50, al margen del Río de la Plata, surgió una área de restaurantes y casas nocturnas entre los municipios de Vicente López y Olivos. Era un reducto de bohemios donde los amantes de la vida nocturna iban a divertirse.

Francisco, un joven de poco más de veinte años, fue contratado como adicionista de una boite llamada "Las Brujas". El dueño de este lugar le propuso sociedad y luego abrieron una nueva casa ubicada enfrente de esta, que llamaron "Tom y Jerry", populares mascotas de dibujos animados norteamericano popularizados por el cine y las revistas de historietas.

Por allí pasaron artistas como The Platters, Trío Los Panchos, Oscar Alemán, María Félix, Los Chalchaleros y otros.

Mi padre descubrió al conjunto musical "Los Wawancó", que más tarde se tornó muy famoso en Argentina y en toda la América Latina. Fue así como la cumbia empezó a ser conocida por los porteños.

Recuerdo que en mi niñez íbamos a comer a los "carritos" de la avenida Costanera Norte.
En esa época no había restaurantes como hoy, sino unos carros de madera con toldos, mesas y sillas, donde servían parrilladas, sanduiches de chorizo y ensalada mixta.

Fue en el “carrito número 25” de Odulio que probamos por primera vez las hamburguesas llamadas Paty, asados en la parrilla y servidos en un pan pebete redondo. Estos eran los primitivos Big Burguers, claro que Mac Donald's todavía no existía en el Buenos Aires de 1964.

Los principales restaurantes porteños eran de comida italianas, española y parrillas. Como mi padre también fue dueño de restaurantes, era conocido en el ámbito gastronómico. Íbamos al "Don Pippo" de Montevideo y Corrientes, a la Taberna Vasca, al restaurante español "El Imperial", la cerveceria Adam en el Retiro.

Alrededor de 1968 conocimos un restaurante en Olivos, cerca de la embajada norteamericana, llamado “The Embers”. Servía platos de la gastronomía norteamericana: pollo frito en cestas, hamburguesas con una banderita norteamericana en un palito, waffles con crema y helado. Buenos Aires todavía no estaba invadida por la moda norteamericana. ¿Será que era algún tipo de muestra de mercado? Supe que todavía existe.

De los años 60 para los años 70 hubo la evolución de los “carritos” de la Costanera, que fueron reemplazados por restaurantes cada vez más sofisticados.

La que yá no existe más es la jugueteria Colón, en Santa Fé y Talcahuano, donde mis padres nos compraban los juguetes.

A mi madre le gustaba comprar ropas en la Avenida Santa Fé, en Harrods de la calle Florida.

Mi padre compraba sus ropas en Mc.Gregor, Thompson y Willians y mandaba a hacer sus camisas de voile con un sastre italiano llamado Rafael en el barrio norte.

Nuestro peluquero era Carlitos, que atendia en el subsuelo del Café Tortoni, en ala Avenida de Mayo, centro de Buenos Aires.

Vivíamos en la misma manzana que vivian el poeta Arturo Capdevila y el general Julio Alsogaray.
Las masitas y los sanduiches de miga de los Dos Boulevares alegraban las tardes lluviosas de sábado.

Nunca olvidaré la cantina "Napolis en Buenos Aires" en la esquina de Paraguay y Ecuador, donde pasamos tantos años nuevos cantando canzonetas italianas.

Veíamos en la televisión a Pipo Mancera y sus “Sábados Circulares”, el show Italianísima de la RAI, y del irreemplazable humorista Tato Bores.

Los hijos de Tato Bores estudiaban junto con nosotros en el Instituto Leach de la calle Araoz, al igual que Ana Victoria Lipesker, hija del famoso músico Santos Lipesker. Alejandro Lerner fue nuestro compañero de clase también.

Alejandro tenía un conjunto formado por Hugo Neufeld en la guitarra, Eduardo Drot de Gourville (Eddie) en el redoblante y Alejandro en el piano. La primer música de ellos fue Obladi-Oblada de Los Beatles. Una de los ensayos fue en mi casa, acompañados de sanduiches y gaseosas. Esto fué en 1968. Hoy Alejandro Lerner es un famoso músico y compositor, ganador de premios de la industria fonográfica, que ha trabajado junto a famosos artistas como Carlos Santana, entre otros.

Los panes dulces de la confitería del Molino daban un sabor especial a la navidad y al Año Nuevo en nuestra casa.

Teníamos una casa de fin de semana a la margen del río Rama Negra, en el delta del Tigre. Llegábamos con nuestra lancha Chris-Craft con motor fuera de borda Johnson. La casa tenía un muelle y un bote a remo.
Fue allí que aprendimos a nadar y pescar, debajo de un sol que no hería la piel y bañándonos en un río que no nos contaminaba: el arroyo Rama Negra.

No teníamos video-games, teníamos el césped para jugar a la pelota y al croquet, cañas de pescar y muchas cosas divertidas para hacer al aire libre.

Por lo menos dos veces por año íbamos a Mar del Plata. Mi padre era aficionado al casino y nosotros nos divertíamos en la playa Bristol, frente al Hotel Dorá, donde siempre nos hospedábamos. Alfajores Havanna, comer mariscos en el Puerto y andar de bicicleta alquilada en la Plaza San Martín. Bajo el sol veraniego íbamos a la playa Bristol donde el "patio" iba desde la rambla baja hasta el mar. No habían secuestros de niños. Cuando uno se perdía todos en la playa ayudaban a encontrar a los padres.

En 1968 el mundo vio la revuelta de París.

Mi madre tomaba aulas de pintura y teníamos amistad con artistas plásticos. Uno de ellos participó de las manifestaciones de estudiantes de Bellas Artes. Recuerdo que él nos contó acerca de los enfrentamientos de los estudiantes con la policía. De las bolitas de vidrio tiradas a las patas de los caballos y los pañuelos mojados para respirar en el medio de los gases lacrimógenos. La voz de orden en Paris era "¡Es prohibido prohibir!" y en Buenos Aires era " ¡Abajo Ongania!".

Fue de ellos que escuché por primera vez hablar de “happenings”, que eran reuniones de artistas plásticos, poetas y músicos presentando nuevas propuestas artísticas.

El boom de los Beatles y los Rolling Stones desembarcó en Buenos Aires a través de la televisión y la radio.

La “modernidad” entró en la sociedad porteña junto con la llegada del gran capital norteamericano. Una onda de cultura hippie invadió nuestra ciudad iniciando el establecimiento de un mercado cultural de consumo masificado.

En 1969 nos mudamos del barrio Norte para el barrio de Caballito, muy cerca del Parque Rivadávia. En aquel departamento vimos la transmisión del primer astronauta caminando por la Luna.

Mi abuela, una italiana muy espirituosa, murió creyendo que los norteamericanos estaban mintiendo. Justo ella, que fue la primera Trimboli que paseó en los Estados Unidos.

Fue en esa época que me encanté por la guitarra eléctrica. Mis padres me compraron una guitarra Fratti y com ella empecé una relación con guitarras que dura hasta hoy.

Los Beatles, Credence Clearwater Revival, Carlos Bisso y la Conexión Número 5, Litto Nebbia y Los Gatos, entre otros, sonaban en nuestro estereofónico combinado marca Ken Brown. Así eran llamados los tocadiscos combinados con radio con la apariencia de un mueble aparador.

Yo escuchaba a Astor Piazzolla, que mis padres y tantos otros porteños tradicionales detestaban. Ellos decían que “eso no era tango”. Finalmente el mundo entero reconoció la genialidad del maestro y no se discute más su estilo inconfundible.

Me acuerdo de un conjunto llamado Arco Iris, que ganó un festival de música con la canción llamada "Blues de Dana". El líder de este grupo era Gustavo Santaolalla, que sería más tarde ganador de 2 premios Oscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Veíamos en la televisión los programas musicales “Sótano Beat” y “Música en Libertad”.
En la radio escuchábamos a Leo Ribas y su programa llamado "Gran Musical del Mate", aupiciado por la industria yerbatera argentina. Él decia repetidamente: “Arrimate, este es el musical del mate”.

Por las noches la radio transmitía "Modart en la Noche", patrocinados por la renombrada sastrería Modart.

Quiero mencionar el Teatro Colón, con su acústica internacionalmente conocida, la Avenida Corrientes ricamente iluminada, recordando a la Broadway de Nueva York, las calle peatonal Florida y tantos parques y paseos públicos que le daban a la ciudad un encanto especial.

Buenos Aires tenía una intensa e variada vida cultural, espejada en las principales capitales europeas. Yo fui testigo y disfruté de todo aquello. En ese ambiente comenzó mi vida.