Esta es
una historia de la vida real, que desde el punto de vista humano,
sucedió a partir de situaciones adversas e impredecibles.
Yo nací
en 1958 en el Hospital Alemán en Pueyrredón y Juncal, Buenos Aires,
Argentina.
Esto
significa que pertenezco a una generación de argentinos que fue
fuertemente castigada.
Yo hago
parte de una nación que era para ser muy diferente de la que acabó
siendo. Yo soy uno de los pocos sobrevivientes de la llamada "guerra
sucia", que nunca fue una guerra civil, aunque halla matado casi
una generación entera.
En 1958
Argentina tenía un sistema de salud pública universal y gratuito
subvencionado por los cofres públicos. La Facultad de Medicina de la
Universidad de Buenos Aires fue inaugurada en 1821. La práctica de
la medicina en Argentina es internacionalmente reconocida, y su
calidad académica atrajo muchos estudiantes de toda Latino-américa.
El
Hospital Alemán era una opción de medicina privada adonde acudían
los más favorecidos.
Las
memorias subjetivas de mi infancia tienen imágenes, sonidos,
sentimientos, estados de ánimo, olores y sabores.
No hay
como comprarlas ni venderlas, porque su precio es incalculable. Puedo
acceder a ellas apenas oyendo canciones, oliendo un perfume o
saboreando un alimento.
Basta
yo estar tecleando en la computadora, ponerme los auriculares y
escuchar músicas italianas del Festival de San Remo en el Media
Player, entonces viajo 45 anos atrás y me veo sentado en el living
del departamento de mis padres.
Veo
sofás de cuero pintados de dorado envejecido, de formas cuadradas,
con almohadas de terciopelo marrón chocolate. Veo un cuadro pintado
al oleo, estilo impresionista, en blanco y negro, de una calle de
París.
La
televisión Motorola revestida en madera caoba, la pantalla verde por
ahora está apagada, y cuando esté encendida, emitirá imágenes en
blanco y negro.
El
tocadiscos y radio, llamado combinado, es un equipo estereofónico
con apariencia de mueble aparador de madera y tiene un logotipo
metálico escrito “Ken Brown”. Está tocando un long play de 33 ½
rpm del Festival de San Remo de 1964.
Suenan
las voces de Wilma Goich, Ornella Vanoni, Bobby Solo y otros grandes
cantantes de aquella época.
Mamá
está elegante, luciendo un vestido con estampas estilo moderno pop,
sus cabellos cabellos dorados a la Doris Day, perfumada , usa una
medalla grande de oro pendiente de una gruesa corriente de oro. Asi
es que ella aguarda la llegada de mi padre.
Al rededor de las 6 de la tarde, él entra por la puerta del living, vistiendo un traje de alpaca inglesa gris, y puedo ver el monograma “FT”en la camisa celeste. La corbata azul de seda italiana tiene estampada suaves rayas grises y negras. En la mano izquierda usa un reloj cuadrado de oro con malla de cuero negro, marca Girard Perregaux. Papá todavía exala el aroma del Old Spice, su perfume favorito y la única marca norteamericana en su vestimenta de estilo europeo.
Al rededor de las 6 de la tarde, él entra por la puerta del living, vistiendo un traje de alpaca inglesa gris, y puedo ver el monograma “FT”en la camisa celeste. La corbata azul de seda italiana tiene estampada suaves rayas grises y negras. En la mano izquierda usa un reloj cuadrado de oro con malla de cuero negro, marca Girard Perregaux. Papá todavía exala el aroma del Old Spice, su perfume favorito y la única marca norteamericana en su vestimenta de estilo europeo.
El Fiat
1500 blanco de papá siempre quedaba estacionado en la calle sin
peligro de ser robado.
La
policía hacía muy bien su trabajo en aquella época, y las calles
eran tranquilas.
Después
de besarnos, papá reparte bombones Cabsha para mis hermanos y para
mi.
Cuando
el compraba sus cigarrillos “Embajadores Negros sin filtro”,
pedía el cambio en bombones de chocolate para nosotros diciéndole
al quiosquero: “Es para los pibes”.
Cerca de las nueve de la noche mamá sirve la cena. El estereofónico es silenciado
para ver en la televisión el “Reporter Esso”. Debemos comer en
silencio, mientras nuestros padres prestan atención a las noticias
sobre el presidente Ongania, los estudiantes haciendo lío, los
americanos haciendo guerra, el Papa viajando, Los Beatles causando
histeria, River y de Boca y el dólar que no para de subir .
La
rutina de la semana era interrumpida a los domingos, cuando el genial
Tato Bores hace reír mucho a mis padres, nosotros no entendemos
porque se ríen, pero si ellos ríen, el mundo está perfecto.
Después
del postre, los chicos salimos de la mesa y vamos a ponernos el
piyama, rezongando porque no queremos ir a dormir.
Mis
padres ven el programa musical da la RAI en el canal 9...¿Era el 9?.
Éramos
una típica familia descendiente de italianos, de la clase media
porteña, que vivía en el barrio de Palermo, en la italiana Buenos
Aires, capital federal de la República Argentina.
De
repente alguien me llama por el Messenger y despierto en los Estados
Unidos, 45 años después, rodeado de Yónis y Méris, competición,
crisis, bolsa de valores, gerentes y directores, terrorismo, gente
rubia de fríos ojos azules, sin charme, sin elegancia, que ni
imaginan que existan otros mundos diferentes de este.
No hay
más RAI, ni festivales de San Remo como aquellos, al menos para este
lugar del mundo.
Hay
MTV, Grammy, iPod...todo “globalizado”...como dice mi amigo
Meinhardt: “sociedad pasteurizada”.
Si, es
un globo soso, digital, de genes manipulados, casi aburrido,
predecible y lo que es peor, nada italiano.
Las
memorias objetivas de mi infancia tienen lugares concretos, marcas y
costaron mucho dinero a mi padre.
Mi padre se llamaba Francisco Trimboli. Él era graduado en Química por el colegio Otto Krause y estudió en la Universidad de La Plata, pero su verdadera vocación era la de empredor.
Fué
así que siendo joven, se tornó propietario de un famoso night club
llamado “Tom y Jerry” en el partido de Vicente López, Buenos
Aires.
Los
próximos parágrafos de este capítulo tal vez apenas sean
interesantes para los lectores de Buenos Aires. Pido disculpas a los
que no se interesen por estos detalles, pero si tiene la paciencia de
leerlos, entenderá porqué Buenos Aires fue considerada la
metrópolis mas europea de Latino-américa y porqué también el
motivo por el que la Buenos Aires era considerada un lugar
extraordinario para el turismo y la diversión, además de su calidad
de vida, si comparada a otras ciudades Latino-americanas de entonces.
En los
años 50, al margen del Río de la Plata, surgió una área de
restaurantes y casas nocturnas entre los municipios de Vicente López
y Olivos. Era un reducto de bohemios donde los amantes de la vida
nocturna iban a divertirse.
Francisco,
un joven de poco más de veinte años, fue contratado como adicionista de
una boite llamada "Las Brujas". El dueño de este lugar le
propuso sociedad y luego abrieron una nueva casa ubicada enfrente de
esta, que llamaron "Tom y Jerry", populares mascotas de
dibujos animados norteamericano popularizados por el cine y las
revistas de historietas.
Por allí pasaron artistas como The Platters, Trío Los Panchos, Oscar Alemán, María Félix, Los Chalchaleros y otros.
Mi
padre descubrió al conjunto musical "Los Wawancó", que
más tarde se tornó muy famoso en Argentina y en toda la América
Latina. Fue así como la cumbia empezó a ser conocida por los
porteños.
Recuerdo
que en mi niñez íbamos a comer a los "carritos" de la
avenida Costanera Norte.
En esa
época no había restaurantes como hoy, sino unos carros de madera
con toldos, mesas y sillas, donde servían parrilladas, sanduiches de
chorizo y ensalada mixta.
Fue en
el “carrito número 25” de Odulio que probamos por primera vez
las hamburguesas llamadas Paty, asados en la parrilla y servidos en
un pan pebete redondo. Estos eran los primitivos Big Burguers, claro
que Mac Donald's todavía no existía en el Buenos Aires de 1964.
Los
principales restaurantes porteños eran de comida italianas, española
y parrillas. Como mi padre también fue dueño de restaurantes, era
conocido en el ámbito gastronómico. Íbamos al "Don Pippo"
de Montevideo y Corrientes, a la Taberna Vasca, al restaurante
español "El Imperial", la cerveceria Adam en el Retiro.
Alrededor
de 1968 conocimos un restaurante en Olivos, cerca de la embajada
norteamericana, llamado “The Embers”. Servía platos de la
gastronomía norteamericana: pollo frito en cestas, hamburguesas con
una banderita norteamericana en un palito, waffles con crema y
helado. Buenos Aires todavía no estaba invadida por la moda
norteamericana. ¿Será que era algún tipo de muestra de mercado?
Supe que todavía existe.
De los
años 60 para los años 70 hubo la evolución de los “carritos”
de la Costanera, que fueron reemplazados por restaurantes cada vez
más sofisticados.
La que
yá no existe más es la jugueteria Colón, en Santa Fé y
Talcahuano, donde mis padres nos compraban los juguetes.
A mi
madre le gustaba comprar ropas en la Avenida Santa Fé, en Harrods de
la calle Florida.
Mi padre
compraba sus ropas en Mc.Gregor, Thompson y Willians y mandaba a
hacer sus camisas de voile con un sastre italiano llamado Rafael en
el barrio norte.
Nuestro
peluquero era Carlitos, que atendia en el subsuelo del Café Tortoni,
en ala Avenida de Mayo, centro de Buenos Aires.
Vivíamos
en la misma manzana que vivian el poeta Arturo Capdevila y el general
Julio Alsogaray.
Las
masitas y los sanduiches de miga de los Dos Boulevares alegraban las
tardes lluviosas de sábado.
Nunca
olvidaré la cantina "Napolis en Buenos Aires" en la
esquina de Paraguay y Ecuador, donde pasamos tantos años nuevos
cantando canzonetas italianas.
Veíamos
en la televisión a Pipo Mancera y sus “Sábados Circulares”, el
show Italianísima de la RAI, y del irreemplazable humorista Tato
Bores.
Los
hijos de Tato Bores estudiaban junto con nosotros en el Instituto
Leach de la calle Araoz, al igual que Ana Victoria Lipesker, hija del
famoso músico Santos Lipesker. Alejandro Lerner fue nuestro
compañero de clase también.
Alejandro
tenía un conjunto formado por Hugo Neufeld en la guitarra, Eduardo
Drot de Gourville (Eddie) en el redoblante y Alejandro en el piano.
La primer música de ellos fue Obladi-Oblada de Los Beatles. Una de
los ensayos fue en mi casa, acompañados de sanduiches y gaseosas.
Esto fué en 1968. Hoy Alejandro Lerner es un famoso músico y
compositor, ganador de premios de la industria fonográfica, que ha
trabajado junto a famosos artistas como Carlos Santana, entre otros.
Los
panes dulces de la confitería del Molino daban un sabor especial a
la navidad y al Año Nuevo en nuestra casa.
Teníamos
una casa de fin de semana a la margen del río Rama Negra, en el
delta del Tigre. Llegábamos con nuestra lancha Chris-Craft con motor
fuera de borda Johnson. La casa tenía un muelle y un bote a remo.
Fue
allí que aprendimos a nadar y pescar, debajo de un sol que no hería
la piel y bañándonos en un río que no nos contaminaba: el arroyo
Rama Negra.
No
teníamos video-games, teníamos el césped para jugar a la pelota y
al croquet, cañas de pescar y muchas cosas divertidas para hacer al
aire libre.
Por lo
menos dos veces por año íbamos a Mar del Plata. Mi padre era
aficionado al casino y nosotros nos divertíamos en la playa Bristol,
frente al Hotel Dorá, donde siempre nos hospedábamos. Alfajores
Havanna, comer mariscos en el Puerto y andar de bicicleta alquilada
en la Plaza San Martín. Bajo el sol veraniego íbamos a la playa
Bristol donde el "patio" iba desde la rambla baja hasta el
mar. No habían secuestros de niños. Cuando uno se perdía todos en
la playa ayudaban a encontrar a los padres.
En 1968
el mundo vio la revuelta de París.
Mi
madre tomaba aulas de pintura y teníamos amistad con artistas
plásticos. Uno de ellos participó de las manifestaciones de
estudiantes de Bellas Artes. Recuerdo que él nos contó acerca de
los enfrentamientos de los estudiantes con la policía. De las
bolitas de vidrio tiradas a las patas de los caballos y los pañuelos
mojados para respirar en el medio de los gases lacrimógenos. La voz
de orden en Paris era "¡Es prohibido prohibir!" y en
Buenos Aires era " ¡Abajo Ongania!".
Fue de
ellos que escuché por primera vez hablar de “happenings”, que
eran reuniones de artistas plásticos, poetas y músicos presentando
nuevas propuestas artísticas.
El boom
de los Beatles y los Rolling Stones desembarcó en Buenos Aires a
través de la televisión y la radio.
La
“modernidad” entró en la sociedad porteña junto con la llegada
del gran capital norteamericano. Una onda de cultura hippie invadió
nuestra ciudad iniciando el establecimiento de un mercado cultural de
consumo masificado.
En 1969
nos mudamos del barrio Norte para el barrio de Caballito, muy cerca
del Parque Rivadávia. En aquel departamento vimos la transmisión
del primer astronauta caminando por la Luna.
Mi
abuela, una italiana muy espirituosa, murió creyendo que los
norteamericanos estaban mintiendo. Justo ella, que fue la primera
Trimboli que paseó en los Estados Unidos.
Fue en
esa época que me encanté por la guitarra eléctrica. Mis padres me
compraron una guitarra Fratti y com ella empecé una relación con
guitarras que dura hasta hoy.
Los
Beatles, Credence Clearwater Revival, Carlos Bisso y la Conexión
Número 5, Litto Nebbia y Los Gatos, entre otros, sonaban en nuestro
estereofónico combinado marca Ken Brown. Así eran llamados los
tocadiscos combinados con radio con la apariencia de un mueble
aparador.
Yo
escuchaba a Astor Piazzolla, que mis padres y tantos otros porteños
tradicionales detestaban. Ellos decían que “eso no era tango”.
Finalmente el mundo entero reconoció la genialidad del maestro y no
se discute más su estilo inconfundible.
Me
acuerdo de un conjunto llamado Arco Iris, que ganó un festival de
música con la canción llamada "Blues de Dana". El líder
de este grupo era Gustavo Santaolalla, que sería más tarde ganador
de 2 premios Oscar de la Academia de las Artes y las Ciencias
Cinematográficas de Hollywood.
Veíamos
en la televisión los programas musicales “Sótano Beat” y
“Música en Libertad”.
En la
radio escuchábamos a Leo Ribas y su programa llamado "Gran
Musical del Mate", aupiciado por la industria yerbatera
argentina. Él decia repetidamente: “Arrimate, este es el musical
del mate”.
Por las
noches la radio transmitía "Modart en la Noche",
patrocinados por la renombrada sastrería Modart.
Quiero
mencionar el Teatro Colón, con su acústica internacionalmente
conocida, la Avenida Corrientes ricamente iluminada, recordando a la
Broadway de Nueva York, las calle peatonal Florida y tantos parques y
paseos públicos que le daban a la ciudad un encanto especial.
Buenos
Aires tenía una intensa e variada vida cultural, espejada en las
principales capitales europeas. Yo fui testigo y disfruté de todo
aquello. En ese ambiente comenzó mi vida.
